sábado, 8 de octubre de 2011

RÉQUIEM POR JORGE MARIANO CÁCERES-OLAZO

Escribe: Feliciano Padilla

El investigador social Jorge Mariano Cáceres-Olazo Monroy acaba de fallecer en la ciudad de Lima – que se sepa-, sin que haya mediado alguna enfermedad de grave riesgo. Las honras fúnebres se realizaron el 04 de octubre en medio del dolor de sus familiares y amigos. Por tal razón, sus restos descansan en aquella ciudad donde está su familia más inmediata.
Puno pierde, por este hecho, a uno de sus intelectuales más representativos y a uno de los mejores investigadores de su generación. Nació en la ciudad de Puno en 1943, en el hogar formado por el Dr. Adrián Cáceres-Olazo y la señora Julia Monroy. Fue antropólogo de profesión y doctor en Letras y Ciencias Humanas. Laboró como  profesor principal e investigador en la Universidad Nacional Federico Villarreal. Fue, igualmente, docente de otras universidades del país y el extranjero. Escribió y publicó muchos libros y artículos científicos sobre las rebeliones campesinas y la cultura qollavina, en general. La realidad social del Qollao fue el centro de sus preocupaciones, sobre la que puso todas sus energías y talento.

Como profesor de la Universidad Federico Villarreal asumió el liderazgo de un grupo de investigadores que ha dado mucho que hablar en la comunidad académica. Para desarrollar un trabajo brillante y consecuente con sus principios se asimiló a organizaciones científico-sociales de la capital y el exterior. Al conjuro de este espíritu crítico y creador formó generaciones de antropólogos que siguen sus huellas en otras universidades y centros de investigación de reconocido prestigio   

Jorge Mariano, como pocos puneños, dedicó toda su vida al estudio de Puno y, como tal, también se incorporó a la Sociedad de Americanistas, cuyos Congresos Internacionales llevados a cabo en México, España, Italia, Francia, etcétera, fueron el espacio exacto donde la comunidad científica testificó su proficua labor  sobre la “situación qollavina”, como producto de sus estudios rigurosos en el Archivo General de la Nación, Archivo Regional de Puno, Archivo Arzobispal de Lima, Archivo Nacional de La Paz, Archivo Nacional de España y otras fuentes bibliográficas de gran prestigio y credibilidad.

Nuestro hermano Jorge Mariano es uno de los fundadores de la puneñidad, cuya fuerza interior nos nutre y nos señala el camino para seguir luchando por el desarrollo de Puno. Por eso, no me cabe duda de que se trata del más grande investigador puneño de su generación. Las poblaciones quechuas y aymaras están, también, en deuda con él, porque Jorge Mariano ha sido quien ha abordado el tema de las rebeliones campesinas, casi obsesivamente, haciendo uso de una serie de estrategias de investigación relacionadas con las ciencias sociales, que van desde el método histórico- lógico  hasta la teoría de clases sociales.
Puede decirse que, el antropólogo Jorge Mariano Cáceres-Olazo Monroy; el arqueólogo Hernán Amat Olazábal y Augusto Ramos Zambrano, constituyen tres de los intelectuales que han dedicado los mayores esfuerzos para que los puneños nos reconozcamos como sociedad andina y, seamos, reconocidos como tales por el “otro”. Estos estudios, así como los que hicieron y siguen realizando diferentes investigadores peruanos y extranjeros son la base sobre la cual debe levantarse cualquier proyecto de desarrollo. Esa es la función de las ciencias sociales. Quizá el fracaso de muchos de estos proyectos sea porque no se trabaja sobre presupuestos serios y sustentables. Prisioneros mentales de la globalización y sus teorías sociales, en cuyo centro se encuentra el pragmatismo neoliberal, nos hemos acostumbrado a prescindir del conocimiento de nuestro pasado. Hace poco, un sociólogo cometió la torpeza de sostener que el pasado era un estorbo para el desarrollo. ¡Basta de historias!, se desgañitaba citando a un autor neoliberal que había leído durante su maestría y, coincidiendo,  de este modo, con Alan García que, refiriéndose a la última huelga de los aymaras, se burlaba: “los puneños creen todavía que los cerros tienen alma”.

A Jorge Mariano,  se le puede encontrar, también, en el libro “Mata a esa chola de la waraqa” de José Luis Ayala que se publicó para abordar  desde distintas ópticas “la huelga antiminera de los aymaras”. En este libro (entrevista que le hace el autor) caracteriza el movimiento como: “La lucha contra los elementos económicos de la dominación que explotan los minerales, son elementos representativos del imperialismo, término que ahora no se quiere utilizar, pero que existe y se lucha contra su dominio colonial o neocolonial…”. Algo más, agrega en otra pregunta: “La defensa de los recursos hídricos significa defender la vida en la Meseta del Lago Titicaca; motiva a los campesinos a asumir actitudes de lucha para lograr que los entes encargados de tomar decisiones en el gobierno, los tomen en cuenta” (p. 156-157).

Nuestro investigador era un defensor del lago Titikaka porque decía: “era la paqarina” de donde surgía la vida y donde fermentaba la esencia de la historia puneña y peruana. Leyendo sus trabajos no solo conoceremos nuestro pasado, sino beberemos de ellos la esencialidad de lo puneño que muchos intelectuales conocen como “puneñidad”. Jorge Mariano ha partido en la madurez de su vida, cuando todos esperábamos aún más de su inteligencia. Venía dando muestras de que su trabajo iría a culminar en una obra gigantesca. La comunidad científica a la que él pertenecía, también, aguardaba que fuera así. Lamentablemente, partió al más allá, con seguridad, para seguir investigando en aquellas otras dimensiones, tan inexorables, tan inquietantes.  
A Jorge Mariano lo conocí hace solo unas dos décadas, gracias a su hermano, el Dr. Juan Luis Cáceres Monroy. Desde entonces, conversábamos de la tierra cuando llegaba a la bahía de Puno o, por la red cuando estaba en Lima o en otra ciudad del mundo. Hace cuatro años comenté en “Los Andes” un libro suyo. Últimamente estuvo para la fiesta del 15 de agosto. Juan Luis me habló para comentar su último libro en Cosmos Televisión; pero esa misma noche yo presentaba  otro libro en la Casa de la Cultura del Municipio o el Auditorio de la Facultad de Derecho de la UNA, no recuerdo bien. Ello impidió que conociera y comentara dicha obra en la que Jorge Mariano presentaba otro estudio más sobre Puno. Me arrepiento de no haber concurrido aquella noche, de haber perdido la ocasión de extenderle un abrazo personalmente.

Se ha ido un puneño, se ha marchado un hermano nuestro. Que doblen las campanas de la catedral honrando su memoria. Que se junten las estrellas para musitar su nombre. Que se abran nuestros corazones para guardar su recuerdo por toda la eternidad. Sí, Mariano vivirá por siempre en nuestro corazón.

Descansa en paz, amigo mío, y hasta pronto.

sábado, 1 de octubre de 2011

UNA APROXIMACIÓN AL ORÁCULO DEL AGUA

Escribe: Feliciano Padilla

Sucede de continuo que, cuando un hablante se refiere a su pueblo lo hace por medio de frases elogiosas: “Pueblo grande”, “Pueblo extraordinario”, por razones de identidad étnica o social. Y vale la expresión desde cualquier punto de vista. Pero, ninguno de estos adjetivos es una hipérbole, una exageración cuando nos referimos a Puno, porque esta tierra está abarcada de grandiosidad insondable. Aquí todo es grandísimo: El lago, un espejo inmenso y lleno de magia, en  medio de una llanura espaciosa, una de las más altas y extendidas del mundo; su cordillera, imponente, con nevados descomunales que se acercan a los cielos para conversar con los Dioses; vasto y azul su cielo; grande también su historia donde sus habitantes tenemos la suerte de mirar un horizonte sin límites que se pierde en la distancia. Esta prodigiosa naturaleza no podía dar sino grandes hombres. Gamaliel Churata fue uno de ellos; con seguridad, el primero de ellos.
El poemario que tenemos a la mano se titula “Gamaliel y el Oráculo del Agua” y pertenece a la autoría de Boris Espezúa. Desde una perspectiva semántica se trata de una interpretación poetizada del discurso y el mundo que Churata reconstruyó a través de símbolos, sistematizando genialmente construcciones o representaciones mentales que nuestros antecesores supieron crear y compartir para explicar su espíritu y su entorno.  
Antes de proseguir, es preciso ofrecer algunos datos formales respecto del libro. Ha sido publicado recientemente por Petroperú, por haber sido Boris Espezúa, ganador del Premio Copé de Oro de la XIV Bienal de Poesía “Premio Copé Internacional 2009”; hecho que, de por sí, representa un laurel más para la historia de Puno y de la literatura peruana que las nuevas generaciones sabrán aquilatar en su medida exacta.
Oráculo, desde la antigüedad, ha sido la respuesta de los Dioses a los misterios que el hombre común y corriente no podía comprender ni explicar. Pero, como los Dioses no podían responder directamente, lo hacían a través de sacerdotes y pitonisas. Si tomamos esta acepción de las muchas que tiene el vocablo, la Diosa es la Mamaquta: el Titiqaqa o Paqarina, de donde surge la vida en la concepción de nuestros ancestros. Siendo así, Gamaliel Churata sería el ministro o apóstol. Por boca de este profeta se nos da a conocer los enigmas de esta filosofía que Boris llama en su libro cosmogonía.
Quizá por tal razón, el poemario, en gran parte, es de carácter narrativo, a guisa de los grandes poemas épicos de la antigüedad, cantados por aedas para hacernos conocer  aquel mundo extraordinario. Boris, en este marco, pretende ponernos en contacto con la voz y el mundo interpretado por Gamaliel y en ese intento articula adecuadamente la poesía en verso con la prosa poética, arriesgando, a veces, el ritmo del poema en algunas parcelas textuales; lo cual, no perjudica la calidad del libro, en tanto acometen juntos un ideal estético determinado. El hecho de haber logrado el dictamen favorable de todos los prestigiosos miembros del jurado del Premio Copé confirma esta aserción.
Boris Espezúa, con el fin  de interpretar poéticamente el discurso churatiano, crea un  hablante lírico poderoso que lo sabe y lo ve todo; crea a Juana Apomayta la poseedora de saberes sin fin; nos devuelve a Churata con su voz de profeta viejo que lo mismo puede conversar con el Dios Wiraqucha o descifrar los enigmas del Lago. Entre todos ellos nos van confirmando verso a verso, frase a frase, la concepción de nuestro mundo como puede leerse en la parte del libro titulado “El Genitor”, donde habla el Pez y dice “Solo sé que naceré hecho un pez en estas aguas sagradas, cuando en la cima de una montaña del sur, entre hojas de laurel bajen cuatro ríos con ojos de cielo en preñada tormenta y sus aguas culminen de cantar la transmutación del caos en luz”. Sugerido la aparición del Pez de Oro, interviene el hablante lírico omnisciente que exclama “La luna derramará el esperma en este suelo calcáreo; con esa luz simiente, coagulada y divinizada trocará las orillas supuradas en barro morado donde se fundirán fosfatos y metales ante los ojos del pez naciente imantándose en larvas de agua para una nueva vida…”. De esta manera, el Titiqaqa “concibe con yema tierna para llegar al sol”; pero, cuando se refiere a su naturaleza ontológica dice  con versos contundentes “Hay una cruz extendida en la pampa, hay otra flotando en las aguas del Lago. Allí tengo mi cuerpo disperso y plural que busca salir a una nueva luz”.  Así, el “Titiqaqa dibuja el rostro con yema tierna para llegar al sol”. Esta parte es como El génesis de la Biblia donde Boris, interpretando a Churata, nos habla de la simbología del Pez de Oro, que es el principio dinamogénico de la naturaleza germinal del universo, y es su naturaleza, de conciencia, de eternidad y de fruto. Puede comprenderse en los versos de “Gamaliel y el Oráculo del Agua”  que El Pez de Oro es el genes del hombre del tawantinsuyo; la sirena, su madre, el símbolo de la naturaleza germinal del agua; su padre el Quri Puma, la raíz animal del hombre, tal como el mismo Gamaliel Churata nos dijera en su “Dialéctica del Realismo Psíquico”, allá por 1965.
Así es el Qori Puma y sobre él expresa el poeta: “Por el calostro de la Tierra/ y su ofertorio al destino/ sobre diversas plataformas e islas donde quedaran/ diversos relieves/ de figuras geométricas/ cabezas de aves/ de peces y serpientes/ Saltó enloquecido el Puma/ con el zumbido de las libélulas/ para entrar por el cerrojo del gran arco/ .
El poema habla de la formación del mundo en tres períodos: el primero, el de los gentiles; el segundo, el del sol, cuyos hijos fueron descabezados y esperan recobrar el cuerpo y recuperar su estado original en la fuente divina o cábala del fuego. Y, el tercer período ¿se refiere al momento actual? Claro que sí y es el período de un mundo que entra en crisis nuevamente, como en un proceso de eterno flujo y reflujo.
En la segunda parte del poemario, la voz de Gamaliel, por medio de una prosa y algunas estrofas, nos cuenta su propia historia, desde su nacimiento, su consustanciación con el Titiqaqa y el Altiplano, su presencia en la escuela 881 de José Antonio Encinas, la vida de las poblaciones originarias como la de los Qollas o la de los Urus, donde Totorio pesca, canta y vive en el lago. El poeta narra acerca de Totorio con versos patéticos: “adelanta en su corazón la algarabía/ martillada de su canto/ se pone su sombrero celeste/ con plumas de chocas/ levanta la mirada al firmamento/ para agradecer a la antigüedad del relámpago/ que une al lago y el cielo en arrullos de asombros”.
La voz de Gamaliel atraviesa como una flecha en el tiempo de la historia. Y así va contándonos de Bohema Andina, el Grupo Orqopata y el Boletín Titikaka, hasta la germinación y surgimiento de El Pez de Oro.  Gamaliel Churata  se enerva ante la revelación de los misterios que se esconden tras las esferas ontológicas y gnoseológicas de las concepciones que descubre; pero, también, se conduele ante la desintegración de ese mundo extraordinario y las actitudes excluyentes de los que llegaron de ultramar con estas frases: “el pez para salvarse no necesita de nadie, sino solo de los relámpagos morados, la fe en nuestros muertos que no están muertos...”. Significa que la destrucción no será posible. Para impedirlo tendremos siempre a la mano el Lago creador y el Pez de Oro regenerador.
En esta parte, es oportuno recordar algunas palabras que el mismo Gamaliel nos ofreció tratando de explicarnos acerca de “El Pez de Oro”. Decía él: “Mi libro no es sino la exaltación de dos símbolos: el Quri Puma que es el animal-hombre y, el Pez de Oro, o sea el Quri Challwa que es gen humano, el gen del hombre. Estos dos símbolos se enfrentan para abatir al Guaguacu. El Guaguacu es la deidad de la pestilencia y de los cenegales del Titiqaqa; es lo representativo de la esclavitud y de la muerte”.  Esta es la idea central que Boris Espezúa poetiza y; el Guaguacu es, hoy, la inmundicia enquistada en la bahía del lago, como Dios de la pestilencia que hiede y deteriora nuestras vidas.  Tendríamos todo el derecho de invocar la presencia del Quri Puma y del Quri Challwa para que nos devuelvan ese lago límpido y radiante como lo fue hasta los tiempos en que vivieron los Churata.
“Gamaliel y el Oráculo del Agua” es una poesía caracterizada por la construcción de metáforas e imágenes surgidas del mismo plancton de la Mamaquta. La estructura, el lenguaje, el estilo, todo concurre hacia un mismo objetivo. A modo de hipótesis, digo que este libro es la culminación de otros textos publicados por el poeta en los últimos veintitrés años. El acercamiento de Boris a Gamaliel ya se percibía, aunque muy sutilmente, en su primer libro “A través del ojo de un hueso”, Lima, 1988. Luego está en “Tránsito de Amautas”, Lima, 1990, donde el poeta asido de la mano de Encinas y  Churata recorre los tortuosos caminos de la historia del Perú contemporáneo.  En seguida publica “Alba del Pez” y “Tiempo de Cernícalo”, en 1998 y  2002, respectivamente, en los que elabora poéticamente una exégesis semántica del discurso churatiano. Ahora, en este libro “Gamaliel y el Oráculo del Agua” concluye estas disquisiciones de manera cabal. No reviste de importancia un análisis de los aspectos estructurales y prosódicos de los versos, sino, más bien, llegar a comprender su carga de significados, sus símbolos, como hemos procedido a lo largo de este texto.   
El capítulo XIII del libro titulado “De vuelta a la semilla”, cierra el poemario con una prosa poética muy reflexiva, donde el hablante lírico, confundido su corazón con las extravagancias alienantes de la post modernidad escapa de su condición de prisionero de la globalización para retornar a sus raíces. Sin embargo, este regreso no significa una vuelta a lo que su alma tenía de originario, sino, a la construcción de un espíritu híbrido que abre en su recorrido espacios dialógicos de interculturalidad; pero, sin menoscabo de la semilla, de su gen inmortal simbolizado por el Lago y el Pez de Oro. ¿Hasta qué punto la voz del creador Boris Espezúa es absorbida por la voz del hablante lírico? Creo que no hay manera de impedir que los sentimientos de los poetas se filtren en los de su creatura. Parafraseemos algunas palabras finales para comprender mejor: “Nada puede hacer cambiar el destino del hombre andino, quien ha de expresarse en una reescritura y reoralización ontológica donde sea todo en uno o no sea. El pututo ya no tocará su encono, sino, su paz sagrada, su gracia y su plenitud…”.  Este fragmento no contiene versos, exactamente; sino, un pensamiento filosófico que cierra el poemario. No tiene sentido pasatista.  Por el contrario, guiado por la voz de Churata, invoca a la articulación étnica, a la resemantización del discurso, tal y cual lo sostenía y pregonaba el profeta. Boris Espezúa ha logrado interpretarlo y lo ha hecho magníficamente por medio de una combinación de versos y prosa poética.
Amigos que comparten conmigo esta fiesta del espíritu: Celebremos la publicación del libro y


celebremos, también, el triunfo del poeta Boris Espezúa en el Concurso Internacional de 

Poesía Premio Copé 2009, que es, sin duda, parte de la gloria de nuestro pueblo.