jueves, 7 de abril de 2011

UN HOMENAJE A LA FESTIVA CIUDAD LACUSTRE

Una palabra, frase o abreviatura, que puede llevar al éxito o a la indiferencia
Escribe: LIC. Marcos m. Vilca Jiménez * | Nacional - 03 abr 2011
La Literatura es una forma de vivir diferente, una mágica experiencia que cuando nos alcanza nunca nos libera, solo el tiempo transcurrido nos despierta de esta obnubilación y cuando esto sucede deseamos no haber despertado; pues es allí donde fuimos felices viviendo nuestros placeres, alegrías, angustias, tristeza, dudas y reflexiones, creando mundos donde la ficción supera a la realidad o la realidad a la ficción y ambos se confunden.

Feliciano Padilla, nos parece un personaje literario por la forma como ha adoptado la literatura: renunciando a todo, dedicación que reconocemos no solo sus lectores sino los miles de alumnosy maestros que han gozado de sus clases, conferencias y fundamentalmente sus tertulias y conversaciones. La vigencia de Feliciano sigue latente y acaba de publicar un conjunto de cuentos “La Bahía” en circunstancias que él mismo nos comenta en la siguiente entrevista.

PUNO Y LA LITERATURA
¿Qué estímulos lo condujeron a reunir estos cuentos?
Sucede que padezco de una insuficiencia renal terminal desde el 2008, a  raíz de una hipertensión de décadas. Por ahora, los médicos y la dieta me permiten controlarla y sigo en pie. Pero, en octubre del 2010 debía someterme a una cirugía con anestesia total que se convirtió en un riesgo por la insuficiencia renal. Pensé que quizá no resistiría la operación quirúrgica.  Entonces, quise despedirme de Puno, juntando en un libro  cuentos éditos y algunos inéditos que tenían como escenario la bahía de Puno, es decir, solo la ciudad. El epígrafe que inserto usando un poema de Lolo Palza y la despedida que escribo puede decirnos sobre los sentimientos que albergaron mi alma en aquellos días previos a la intervención. Dejé pagada la edición para que José Luis Velásquez recogiera los libros de la editorial si me pasaba algo. No me morí ni José Luis tuvo necesidad de retirar los libros. “La Bahía” constituye una forma de retribuir de corazón todo lo que me dio esta ciudad.

ALLÍ DENOTA PREOCUPACIÓN
POR LA ESCRITURA
En efecto, hay en algunos textos una actitud metalingüística donde el escritor expresa sus preocupaciones acerca de la escritura; quiero decir, se hace patente el uso del lenguaje para hablar del lenguaje o de lo que se puede hacer con el lenguaje. Esta preocupación busca un pretexto para insertar como parte de la obra los episodios que protagonizaron los personajes más vitales de novelas importantes de la literatura universal. Quizá en alguno de ellos, sin quererlo voy mostrando más identificación con personajes de ciertos autores más que con otros, como me sucede con los personajes de Gustavo Flaubert en mis cuentos “Réquiem por Amadeus” y “El Viejo Miguel”. Por otra parte, en muchos de mis otros cuentos, se registran discursos de personajes que hablan sobre teorías de la escritura. Desde una perspectiva psicolingüística y lacaniana, quizá se descubran mis propias frustraciones, mis sufrimientos y los enormes esfuerzos que hago para escribir un cuento o una novela. Tal vez descubran los analistas una discusión cuasi paranoica entre mi persona como Feliciano y mi propia conciencia. No sé, francamente, pero, así están escritos  muchos textos míos.

LITERATURA Y SOCIEDAD
¿Es incomprendida la labor que ejerce el escritor?
Los gobiernos y la misma sociedad peruana, como consecuencia de las políticas culturales que implementan desde Palacio. Convierten al escritor en un personaje marginal y, a veces, hasta peligroso para la estabilidad del orden establecido, porque el escritor, el amante y lector de la literatura recusa la situación de injusticia que se comete contra la población. Eso lo hace marginal, incomprendido. Y si a ello le añadimos que los peruanos no leemos o leemos poco, la realidad del escritor empeora. Yo no advierto que haya discriminación de los escritores del centro hacia la periferia. La edición de muchos escritores limeños no pasa de mil ejemplares, igual como sucede en provincias donde también editamos mil o dos mil por cada obra. La respuesta de la sociedad es casi la misma en el centro y en la periferia. Los que nos discriminan son los capitales transnacionales que tienen un mercado, un canon literario establecido diferente al canon académico de las universidades, y que invierten más en el marketing que en la edición de los mismos libros.

LEYENDO UNA OBRA UNO PUEDE REALMENTE
MORIR SABIENDO QUE HA VIVIDO
Depende de la profundidad de la obra o de las obras que haya leído. Y depende,   también, de qué persona se trate. Lo que puede significar una obra para ti quizá no tenga la misma connotación para otro. Cuando terminé de leer “Cien años de soledad” en la década del 80 agradecí al destino, a Dios, el haberme hecho vivir hasta ese momento y haberme dado la oportunidad de leer aquel libro extraordinario. Me pasó igual varias veces con muchas obras. Me dije, gracias a Dios, ahora puedo morir tranquilo; pero, quizá no suceda lo mismo con otras personas dedicadas a otros quehaceres.

¿Cuál considera la verdadera función de la literatura?
La literatura, sin proponérselo el escritor, muestra la palpitación de su tiempo, los elementos de su cultura, el imaginario construido socialmente, las ideologías que se contradicen en un escenario real porque el lenguaje, cualquiera fuera el nivel de uso, no deja de demostrar las relaciones de poder. De modo complementario, la literatura tiene la función de entretener, de provocar una fruición espiritual que es como se logra el goce estético.

jueves, 24 de febrero de 2011

LOS CARNAVALES DE LA BAHÍA

Escribe: Feliciano Padilla
“Esa pollerita verde preciosa cantuta/ cuando tú bailas la marinera/ cautiva el corazón/ Chola pollerita verde cuando bailas así/ en cada paso tan cadencioso / bordan flores tus pies”. Así dicen los versos de una conocida marinera cuyas letras escribí en 1981 para una melodía de derechos reservados que fue grabada por la “Unión Puno” en un disco de larga duración, a principios de 1982. El ritmo y la cadencia de esta marinera, la suavidad de su música, la armonía de su composición, así como las letras que se dan a conocer, nos envuelven en un ambiente de fiesta, de coquetería y delicadeza. No nos remite a una explosión de movimientos rápidos o impetuosos; ni su música, a la estridencia de un jolgorio descontrolado. No. Sino, a una iniciación suave, dulce y sutil, que es como se debe empezar con una dama puneña que, al bailar en cualquier pandilla, espera galantería y gracia para aceptar una iniciativa de amor; naturalmente, sin perjuicio de que esta pueda terminar, más tarde, de modo apasionado. Las marineras y los wayños pandilleros esconden historias de amor, furtivos o estables, que animan el espíritu de los carnavales de la ciudad, sin distinción de clase o condición social.

Escribo esta nota a propósito de un artículo que leí en el diario Los Andes de Puno, en el que se desliza algunas afirmaciones acerca de su origen que no son exactas. Naturalmente, no es responsabilidad del diario, sino, de las personas que escriben. La historia de la pandilla puneña es harto conocida. Las primeras agrupaciones carnavalescas que se instituyeron en la bahía fueron fundadas por gente de ciudad: nuestros primeros abogados, médicos, músicos y profesores, todos mestizos, descendientes de los antiguos españoles o criollos asentados en la ciudad. Las fotografías de aquellos tiempos (primeros años del siglo XX)  dan cuenta objetiva de este hecho. Además tenemos los estudios realizados por puneños de gran credibilidad como Emilio Vásquez, José Patrón, Enrique Cuentas Ormachea, Cuentas Zavala y Américo Valencia, entre otros. Américo Valencia reconocido folclorólogo y ganador del Premio Casa de las Américas en este tipo de investigaciones, llega a conclusiones que no da pie a dudas acerca de su origen y evolución.  

Pues, se trata de una danza mestiza y podría tratarse de una adaptación de la cuadrilla española o de la mazurca. Es probable que en el decurso del tiempo haya sufrido algunas influencias de nuestras danzas originarias, por cuanto son expresiones culturales y, como tal, están sujetas a constante cambio, en tanto que interactúan o se interrelacionan con otras manifestaciones de su entorno. Pero, de ahí a sostener que la pandilla puneña tiene origen en las famosas Qaqchas (como he podido leer en un artículo de Jóspani atribuyéndole esta afirmación a René Calcín) es un despropósito.
Discusiones al margen, debemos celebrar el advenimiento de estos carnavales que llega a la ciudad cargado de lluvias promisoras, de jóvenes que se alistan para danzar en las diferentes pandillas puneñas, de alboroto a flor de piel, de un contacto directo con la madre Tierra, de muchachas bellísimas que se exhiben coquetas por las calles de nuestra ciudad; de música de acordeón, mandolinas y guitarras que empiezan a dominar el ambiente; en fin, de exquisita papa nueva, habas y queso; de choclo y sandía que se abarrotan en los mercados. Tiempo de vida y para la vida. Tiempo de fiesta y de amores furtivos, “porque los amores de un día son más dulces que la miel, palomita”.
El espíritu, generalmente, reflexivo y apacible de los puneños cambia en 180 grados. Salta la alegría del fondo del corazón a la retina, y la vida canta sus melodías más entrañables. Todo cambia. Hay un optimismo más definido, una disposición interior para gozar de los carnavales, bailando o mirando, jugando o bebiendo.   Los caballeros y los señoritos desempolvan sus trajes y sombreros, las damas esperan ansiosas el día viernes para bailar y subir al cerrito de Waqsapa en medio de actitudes lascivas y de lisonjas que cogerán en el aire con el encanto de sus miradas. Y, el domingo, para bailar deslumbrantes con sus polleras de colores, sus mantones de manila y sus sombreritos hongos; finalmente, rematar en el Club Kúntur y despedirse hasta los próximos carnavales.  
Por otra parte, los carnavales y la historia de la pandilla puneña, nos traen a la memoria un pasado inolvidable fuertemente enraizado en nuestro imaginario y, nos reconforta con un presente auspicioso constituido por una cantidad respetable de agrupaciones pandilleras que participan de la fiesta  y que todavía no reciben el apoyo necesario del Municipio ni del Gobierno Regional y, menos de las entidades dedicadas al turismo. La organización, la participación musical, los presupuestos y cuanto se requiere para participar dignamente en las pandillas corren a cargo de los propios danzarines. Es tiempo de repensar estos aspectos; es decir, de involucrar a las entidades para estatales y a la empresa privada, a fin de hacer lo que se necesite para garantizar la sobrevivencia de estas hermosas manifestaciones culturales.  

Entre tanto, deseamos mucha suerte a la Federación Departamental de Pandillas y a las principales agrupaciones como “La Unión Puno”, presidida por nuestro amigo Efraín Quispe Apaza; “La Lira Puno”, presidida por Félix Olaguivel; “La APAFIT” dirigida por José Enrique Pari; “La Theodoro”; “Los Ïntimos”, dirigidos por Yhony Zea, la pandilla “Kotamarka”, presidida por Carlos Alberto Padilla Cáceres; “María Auxiliadora”, por Doris Pilco, y tantos otros que no citamos por falta de espacio.  

De la misma manera, no podemos dejar de mencionar los nombres de nuestros clásicos bastoneros, tales como el “Saya” José de la Riva Serruto, el “Chino” Carlos Cano Rojas o al “Tonino” Rubén Ponce Álvarez. En esta hora de alegría indecible merecen mención aparte algunos pandilleros que ya no están ahora físicamente con nosotros. Nos viene al recuerdo los nombres de “El Chalupas” Samuel Frisancho, viejo danzarín de la Unión Puno y a mi inolvidable amigo doctor David Frisancho Pineda que bailara tantos años en la “Lira Puno”.
Nuestro respeto y saludo reverente para la Unión Puno que hace algunos años festejó su primer centenario y para la LIRA que este 2011 celebra su LXXXV  aniversario. Son dos de las institucionales tutelares de la cultura puneña que han hecho tanto por nuestro desarrollo espiritual y por la puneñidad.

La fiesta de los carnavales en el campo tiene otra connotación y responde a otras motivaciones. La música, los instrumentos; todo es distinto e, igualmente, hermoso. Conozco lo de Nuñoa y Ayaviri y quizá en algún  momento pueda hacer algún trabajo sobre ese tema.
Al final de este suelto quiero rendir homenaje a la belleza de la mujer puneña con los versos de este huayño pandillero: “Cholita linda pandillera/ serpentinas y mixturas que vas derramando/ en noches de algarabía de los carnavales/ Con tus ojos hechiceros que embrujan el alma/ con tus trenzas de azabache y rojas mejillas/”.

domingo, 5 de diciembre de 2010

PADILLA: EL PESCADOR DE LUCEROS

Escribe: Jaime Pantigoso Montes (*)

En esta oportunidad quiero comentar el libro de narrativa “Pescador de Luceros” del escritor Feliciano Padilla Chalco, narrador abanquino-puneño, como dice en la solapa del libro. No sé cómo resolverá la cuestión de pertenecer a dos patrias chicas, aunque tal vez, sea como tener dos madres, que en este caso debe ser para Feliciano fuente de grandes satisfacciones, porque le permite una visión privilegiada desde dos espacios geográficos, históricos, culturales y hasta lingüísticos diferentes, pero no distintos, pues son parte de una misma realidad lacerante que, a veces es nuestra patria.

Sin embargo, debo comenzar mi intervención refiriéndome a otro libro, más bien a otros dos libros recientemente publicados en nuestro medio. Me refiero, en primer lugar, a “Pachaticray” (El mundo al revés) y a la “Antología: Cincuenta años de narrativa andina” del crítico norteamericano Mark Cox que publicó la Editorial San Marcos de Lima.

La mención no es gratuita porque sucede que después de haber leído el primer texto, vale decir “Pachaticray”, y de este libro, aquel capítulo que está referido a los testimonios, que dicho sea de paso -quizá sea la parte más importante de este libro de Cox- , hizo que inmediatamente asociara esas historias reales o testimonios sobre nuestro pasado reciente, con un manojo de cuentos que había leído una semana antes. Es decir, había leído en el libro de Feliciano Padilla trece cuentos que pusieron ante mí un retazo de nuestra realidad y que la lectura del libro de Cox me hizo evocar. Trece cuentos, número cabalístico que también me permitió asociarlo con “Esos Trece”, famoso libro de cuentos que publicara William Faulkner en 1931.

Ahora bien, la pregunta es el porqué de esta asociación. Y creo que la respuesta se encuentra en que, en general, en la literatura de Feliciano Padilla corre ese río, casi subrepticiamente, con esa pasión con que se dan nuestras relaciones que muchas veces, más de las que serían de desear, han esculpido trágicamente los rasgos de nuestro pueblo, quizá desde tiempos que se pierden en la historia.

No es que esté diciendo que la literatura de Padilla en general y, específicamente, el libro que comentamos sea una literatura exclusivamente sobre la violencia; sino que su manejo y conocimiento de los mundos donde se mueve le permiten percibir estas condiciones en las cuales nosotros los andinos nos relacionamos y que él las vuelca en sus relatos. Quizá es mi particular manera de ver; creo que hasta nuestros amores están sesgados por un halo de violencia, como cuando nos cuenta, por ejemplo, la historia de Linda Vértiz o del Viejo Miguel.

Por otro lado, y por lo que dije al inicio de esta intervención, la visión privilegiada de Padilla es abarcadora y le permite mostrarnos en sus historias todas las escalas del espectro de nuestro país; espacios, tiempos, sicologías están presentes en este libro, así como en sus otros libros.

Sí, pues, “Pescador de Luceros” es un libro, en realidad pequeño, pero que muestra una intención total y totalizadora, donde Feliciano busca quizá lo absoluto, intentando vencer el olvido de aquello que las historias oficiales niegan; es decir, lo cotidiano, lo que está cerca de nosotros. Y como en los anteriores libros el autor ha interpretado las reglas esenciales y el devenir histórico de su pueblo andino, acompasado con los ritmos de su propio pulso y respiración y, mojado por el licor que en algunos cuentos beben sus personajes desde la copa de la vida misma.

Así el mundo de la delincuencia del narcotráfico está en “Viento en popa”; el destino trágico que acompasa algunas vidas, en “Mula pajarera” y en “Hermann Bütner no se rinde, carajo”; los rasgos de una relación de servidumbre como rezago de tiempos ya pasados como fue el sistema de haciendas y, la supervivencia de esta dominación en tiempos recientes como sucedió en la aciaga época de la violencia en las décadas del ochenta y noventa, en el cuento “Ellos son de otra raza, hijo mío”; el sustrato mítico de la cosmovisión andina, en “El retorno de Qori Challwa”, cuento que indefectiblemente nos refiere a ese otro gran libro collavino que está todavía por develarse, acaso porque su signo totalizador es un obstáculo para alcanzar su profunda significación, me refiero a “El Pez de Oro” de Gamaliel Churata.

La recreación de la historia de un personaje que junto a Francisco de Carvajal, fueron, según Ricardo Palma, seguramente, los más impresionantes y seductores de la conquista, sin olvidar su vesania y signo trágico. Me estoy refiriendo al cuento “Viaje a la inmortalidad”, donde se recrea un momento de la vida de Lope de Aguirre. Incluso, en este libro de Padilla se asumen historias tan originales no necesariamente convencionales, como en los cuentos “La gloriosa estirpe de los ojos colorados” y “Feroz persecución”. Podríamos seguir develando más símbolos, pero será mejor que yo no se los cuente, sino, que lo comprueben ustedes mismos leyendo el libro.

En cuanto al segundo libro de Mark Cox, me refiero a la “Antología Cincuenta Años de Narrativa Andina”, debemos reconocer que esta selección como toda antología es subjetiva. Sin embargo y que por mucho que los antologadores se apoyen en los criterios teóricos del análisis literario más elaborados o que, desde otra perspectiva, se dejen llevar por sus propias intuiciones, preferencias, odios, o animadversiones, de los cuales hay muchos ejemplos en nuestro medio, hay ciertos autores, poetas o narradores que no pueden dejar de ser mencionados en tales antologías, a riesgo de dejar de ser eso que pretenden ser.

En el caso de “Cincuenta años de narrativa andina”, el objetivo de su autor como lo dice Ricardo Vírhuez Villafane es “mostrarnos la riqueza y complejidad del universo literario de los Andes, curiosamente el sector menos presente en el canon literario criollo y sin embargo el más auténtico, intenso y dinámico de la literatura peruana”. No obstante, según quien lo lea, quizá falten muchos o pocos y, seguramente, sobramos algunos.

Pero, en cuanto a la inclusión de Feliciano Padilla Chalco en esta antología, no es sino, una muestra del conocimiento que Mark Cox tiene de la literatura peruana, no sólo andina, sino, peruana en todo el sentido de la palabra; precisamente porque la literatura que practica el autor de “Pescador de Luceros” es una literatura auténtica, intensa y dinámica. Auténtica porque es una literatura que nos permite entrever la realidad a través de las rendijas de su escritura, como quería José Ortega y Gasett que fuese la literatura. Es una literatura intensa por la vehemencia que pone al describir sicologías y hechos y; finalmente, dinámica porque las técnicas que maneja siempre son nuevas, siempre son distintas, entre cuento y cuento, o de libro a libro.

Y estos rasgos no sólo son una característica de este libro, sino que es una constante de su narrativa desde “La estepa calcinada”, pasando por “Polifonía de la piedra”, “Amarillito amarilleando”, por citar sólo algunos hasta llegar a este libro.

Finalmente, estamos seguros que en el futuro Feliciano Padilla nos alcanzará otros libros, otros cuentos, desde donde podremos otear con mejor éxito el mundo ... nuestro mundo. Su vocación de escritor y su personalidad de soñador así lo prometen.

 (*) Jaime Pantigoso es profesor principal de literatura de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco y destacado representante de los narradores cusqueños que emergieron después de los ochenta. Publicó el libro de cuentos “Y se fue con el viento”, Lluvia Editores, Lima 1998. Fue ganador Premio Copé de Plata de la Bienal de Cuento 1994.

jueves, 25 de noviembre de 2010

CARABAYA: PAISAJES Y CULTURA MILENARIA

Escribe: Feliciano Padilla

Este es el título de una monumental publicación de 325 páginas financiada por la Municipalidad Provincial de Carabaya y por el gobierno del Estado de Vorarlberg/ Austria, debidamente ilustrada, acerca de la provincia de Carabaya, que últimamente viene circulando en las instituciones públicas y privadas de Puno, así como entre los principales intelectuales del país.

La autoría le corresponde a Rainer Hostnig, un prestigioso investigador nacido en Austria, en 1949, quien se hizo famoso en la comunidad científica a raíz de sus estudios del arte rupestre peruano iniciados desde la década del 80 y, particularmente, desde 1985, año en que Rainer Hostnig empieza a realizar investigaciones en nuestro país. Como fruto de este arduo trabajo publicó un libro con el título de “El arte rupestre del Perú: inventario nacional”, una obra enciclopédica de enorme importancia, que actualmente ocupa un lugar especial en la Biblioteca Nacional del Perú. Luego viene sus investigaciones en la amazonia peruana y su obra “El arte rupestre de Pusharo”. Pusharo es un escenario rupestre extraordinario de la selva amazónica de Madre de Dios. Le anteceden y continúan a este libro muchas obras dentro y fuera del país, particularmente las que realizó en Guatemala. Por estas razones, Rainer Hostnig no es un viajero curioso o un autor improvisado, sino, alguien que sabe lo que hace y lo que busca, consciente de que sus logros han de redundar en beneficio de la ciencia y del desarrollo de los pueblos.

Mancy Rossel Angles, la alcaldesa actual de Carabaya que cofinanció la edición de esta obra monumental, también es una profesional muy reconocida en el magisterio puneño. Éramos jóvenes en la década del ochenta y fue en esa época que la veía de continuo en manifestaciones y huelgas defendiendo con lealtad los derechos de los profesores y enfrentándose con valentía ante la prepotencia de los gobiernos de entonces. No sé qué obras materiales habría hecho Nancy Rossel durante su período como alcaldesa. Estoy seguro que las carreteras y los puentes que construyó se deteriorarán y hasta se caerán con el tiempo. Pero, esto que ha hecho Nancy Rossel, que es el alma de Carabaya, no morirá jamás. Si los alcaldes pensaran un poco, solamente un poquito como Nancy, habrían hecho cien veces más que los parques que construyen, mil veces más que las calles que pavimentan. Sin embargo, comprendo que eso es pedir peras al olmo. Es más, los alcaldes creen que los seres humanos sólo nos alimentamos de elementos materiales y, nada más. Las necesidades del espíritu y el alma del pueblo, cuyas soluciones serían el soporte de cualquier progreso económico nunca son tomados en cuenta. Y como se necesita tan poco presupuesto para trabajar en esta línea, pareciera que los regidores no le dan importancia porque a tan poco dinero no habría como sacarle ninguna tajada; en cambio, al presupuesto de una obra grande de infraestructura, sí. Quizá esta sea la explicación más racional de por qué los alcaldes no dan ninguna importancia a obras relacionadas con la cultura.

“Carabaya: paisaje y cultura milenaria“ comprende 10 capítulos aparte de una información turística que se encuentra en ANEXOS y, naturalmente, concluyen con el glosario y la bibliografía correspondiente. Los capítulos tienen los siguientes títulos: Contexto geográfico y socioeconómico, sinopsis bibliográfica, contexto histórico, patrimonio arqueológico, patrimonio arquitectónico virreinal y republicano, las montañas sagradas, los bosques de roca (caprichos de la naturaleza tipo Tinajani), minas y lavaderos de oro, el patrimonio biológico y, finalmente, técnicas y ceremonias agropecuarias ancestrales.

No puede decirse qué capítulo es más importante que otro. Todos contienen una información valiosa. Constituyen elementos imprescindibles de la estructura textual. Vale decir, le dan un carácter sistémico, en tanto que, sin uno de ellos, le faltaría organicidad y unidad.

La obra tiene un carácter científico innegable. Si examinamos el capítulo II, cuyo título es “Sinopsis bibliográfica” y la bibliografía general que está en la última parte del libro, no podemos sino que admirar la rica e importante bibliografía revisada que viene desde los cronistas Garcilaso de la Vega, Guamán Poma, Santa Cruz Pachacuti, pasando por todos los estudiosos de nuestra cultura milenaria hasta la inserción de los trabajos de investigadores extranjeros que llegaron a Macusani con el fin de estudiar su geografía y su cultura, tales como Raimondi, NordenskiÖld, Evelyn Ina Montgómery, Alain Deletroz Favre, Jean Louis Christinat, Dominique Hervé, Bruce Graham y muchos más. Esta relación de investigadores y libros y, la bibliografía presentada, le otorgan un carácter serio, técnico, que le asegura un lugar especial en la comunidad científica.

“CARABAYA: Paisajes y cultura milenaria” es una información científica apoyada por un material fotográfico impresionante, tan valioso como la misma información textual, así como por ilustraciones, mapas y croquis, a todo color. Las fotografías pertenecen a los archivos de Rainer Hostnig y otras fuentes cuyos créditos se mencionan al final del libro. Las fotografías por sí solas son dignas de permanecer en un museo, pero, gracias a la tecnología, ahora, podemos verlas a lo largo del libro. También, es importante mencionar que pude encontrar un autorretrato de Martín Chambi (años 40 del siglo pasado) posando en la localidad de Coaza, su pueblo natal.

Gracias a esta obra se confirma nuestro conocimiento de que Carabaya posee un legado arquelógico, histórico, cultural y natural de riqueza envidiable. Se constata por la exposición y la presentación de fotografías, un arte rupestre milenario, restos de aldeas y pueblos fortificados, construcciones funerarias, caminos empedrados, puentes de piedra y andenerías que nos hablan del gran aporte de Carabaya en el desarrollo de la cultura altiplánica. La belleza física de Carabaya constituida por cordilleras, pampas y una selva exuberante; la gran riqueza mineral que guarda sus montañas sagradas y sus ríos torrentosos garantizan el desarrollo sostenible de esta provincia que, ahora, se encuentra abandonada por obra y gracia de los gobiernos de turno a nivel nacional y regional. Sin embargo, debe destacarse la lucha de los pueblos carabaínos por defender el territorio donde recrean su cultura desde hace miles de años. En realidad nadie se opone a la inversión que trae progreso bajo condiciones de seguridad ecológica de aquellos espacios, sino, a la voracidad desmedida de los capitales transnacionales que, en su intención de acumular más y más ganancias, arrasan el territorio y contaminan sus suelos, sus ríos, lagos y atmósfera, deteriorando y acabando poco a poco la vida de sus pobladores originarios.

Este libro le falta a la Región de Puno. Le falta a cada provincia. Es cierto, existen algunas monografías y esbozos históricos escritos en el siglo pasado o hace algunos lustros. Sin embargo, requerimos de un trabajo como este y, necesitamos, también, un investigador como Rainer Hostnig. Ojalá alguna vez. Entre tanto, felicitaciones para Rainer. Nuestro agradecimiento al gobierno del Estado de Vorarlberg/ Austria y, como no, felicitaciones a la alcaldesa Nancy Rossel Angles por haber comprendido la importancia de este libro colosal y por haberlo cofinanciado.

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA PUNEÑIDAD DE FELICIANO PADILLA CHALCO

Escribe: Bladimiro Centeno Herrera
Escribe: Bladimiro Centeno Herrera

Cultural - 03:51h

He escrito algunos comentarios críticos sobre Feliciano Padilla. En ellos he enfatizado que es uno de los pocos escritores que ha asumido el compromiso vital con la literatura puneña, ha forjado su destino pensando en Puno, ha llevado el nombre de Puno a los circuitos culturales del país y extranjero, y ha evitado utilizar dicha identificación como un instrumento para la expresión de sus propias mezquindades y demagogias.

Feliciano Padilla no ha nacido exactamente en Puno. Pero ha forjado su puneñidad con mayor efectividad que otros académicos, escritores, intelectuales o políticos autoproclamados como hacedores de la sociedad altiplánica. En la Universidad Nacional del Altiplano, como en otras instituciones, se conocen incontables “defensores” de la puneñidad, de las instituciones puneñas, de la literatura puneña, de la academia altiplánica, de la cultura aimara, de la cultura quechua; pero apenas cruzan las fronteras de la región terminan negando su procedencia puneña.

En los periodos electorales, los que enfatizan el chovinismo puneño son aquellos que justamente corrompen las instituciones, reducen las discusiones académicas al insulto interpersonal, convierten los medios de comunicación como instrumentos del verdugo y destruyen a los personajes que desean honestamente contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida material, simbólica e institucional de la región de Puno.

Feliciano Padilla no necesita de tanto alarde de nacimiento biológico para comprometerse con el considerable aporte a la innovación académica en la Universidad Nacional del Altiplano, a la literatura puneña mediante narraciones y ensayos, a la tarea intelectual regional con reflexiones sobre temas culturales, sociales y políticos.

Feliciano Padilla ha publicado varios libros mediante los cuales expresa su compromiso con la identidad puneña o andina. Los cuentos reunidos en el libro “La Bahía” (Puno, setiembre, 2010), según las expresiones del mismo autor, responden justamente a este propósito: ofrecer un tributo a la ciudad de Puno donde ha invertido sus energías físicas, racionales y espirituales de una manera constructiva, sin mezquindades, ni exclusiones interesadas. Conforman el libro catorce cuentos que poseen como trasfondo el espacio del altiplano puneño y personajes extraídos del mismo escenario.

El epígrafe constituido por los versos de Lolo Palza Valdivia traducen los sentimientos con los cuales estructura el libro. Los versos dicen lo siguiente: “Si tuviera que decir adiós/ emprendería el camino de regreso…/ Si tuviera que dar la espalda/ a las últimas palabras/ regresaría sobre mis pasos/ para beberme de golpe/ este cielo y este lago”. Este es el sentimiento de pertenencia que configura su producción literaria.

En la dedicatoria, le rinde un justo homenaje a Puno, le ofrece un tributo necesario por todo aquello que ha significado vivir en esta ciudad, forjar su vida personal, familiar, académica e intelectual contemplando día tras día la bahía del lago Titicaca. Y expresa su gratitud a todas las personas que han contribuido con su vida, su trabajo y su compromiso puneño.

Los catorce cuentos seleccionados, corregidos, modificados y organizados dentro de una publicación relativamente orgánica tienen como referente geográfico la ciudad de Puno, sus personajes, sus problemas, sus tragedias, sus anécdotas, sus alegrías, sus penas y sus sueños. Sus cuentos nos muestran un espacio plural, diverso, complejo, humano, en el cual se cruzan voces, personajes, valores, mezquindades, identidades y realidades.

Frente a las posturas esencialistas, homogenistas, verticalistas, idealistas de la cultura del altiplano puneño, Padilla, con criterio más abierto, nos muestra un mundo diverso, intercultural, con personajes heroicos y antagónicos, sentimientos cósmicos y egocéntricos, logros y retrocesos sociales, expectativas y miopías políticas, optimismos y fatalismos puneñistas.

Estos universos narrativos se complementan con su libro titulado “Contra encantamientos y malos augurios” (Puno, 2009). En esos ensayos justamente propugna una construcción más racional de la identidad puneña, un compromiso más activo con la sociedad andina y precisa las diferentes responsabilidades existentes para todos aquellos que se atribuyan el rol de defensa de las condiciones de vida material, simbólica e institucional de los habitantes del altiplano.

En consecuencia, esta presentación, más que un trabajo crítico, es un tributo al autor por la amistad que supo brindar a los jóvenes escritores, académicos e intelectuales que establecieron algún compromiso con la identidad puneña. Un reconocimiento a su calidad de personas que supo brindarme una mano amiga cuando en ciertos episodios de mi vida, algunos personajes de la esfera académica y política pretendían exiliarme de mi condición aimara, excluirme de la Universidad Nacional del Altiplano y negar mi condición de aimara. Feliciano Padilla no pertenece a ese grupo de personajes que brindan alguna amistad o complicidad intelectual previo requisito partidario.

En la región de Puno, cuando se abre la boca, se grita el puneñismo, el andinismo, el aimarismo, el quechuismo con tanta vocinglería que pone en duda la identidad de los mismos cuando dichos discursos compatibilizan con sus praxis. ¿Qué significa ser puneño? ¿Basta abrir la boca para decir que uno es puneño? ¿Cuál es la diferencia entre la demagogia puneñista y el compromiso con la identidad puneña? ¿Cómo identificar a un personaje político, académico o intelectual con una identidad efectivamente puneñista?

En el corto periodo de tiempo que ejerzo la docencia universitaria y comparto los espacios culturales, sociales y políticos de Puno he podido constatar que muy pocos expresan su identidad puneña de una manera constructiva, permanente y progresiva. La gran mayoría que asume el rol de educadores, académicos o políticos asumen actitudes que van en detrimento de la identidad puneña, desintegran a la sociedad altiplánica y contribuyen al deterioro de la condición de vida de los habitantes del altiplano puneño.

Entonces, Feliciano Padilla expresa en sus cuentos, más allá de algunas fracturas estéticas, su identificación con la naturaleza, sociedad y cultura del altiplano puneño. Y nos demuestra que para construir la identidad puneña no hay que llenarse solamente de palabras la boca, sino asumir un nivel de compromiso y responsabilidad en el espacio, rol y criterio en el cual nos encontramos. La puneñidad se pone de manifiesto cuando emprendemos las tareas concretas de construir un bien físico, en articular un valor simbólico y contribuir al desarrollo de un proyecto regional con creatividad, racionalidad y corporatividad social.

jueves, 4 de noviembre de 2010

GARAÑÓN (*)

CUENTO
Por: Feliciano Padilla

Alipio Choquehuayta, suspendiendo sus congojas en un vacío indefinido, trata de comprender las causas de su reclusión, pero, no lo logra. No sabe exactamente cómo el burro más apreciado de su cabañuela pudo irrogarle tremenda desgracia. Desde su celda en la cárcel de Puno, alarga una mirada cuadriculada a través de la ventanilla y observa que en los demás pabellones y calabozos los presidiarios conversan animadamente. En cambio, él está a punto de estallar de cólera y muy triste por la suerte desventurada de su familia.

Al cabo de dos años por fin se realizaba la audiencia. Al principio, Choquehuayta, solo reclamaba la devolución de su querido pollino por parte del hacendado Cayetano Buendía; pero este se negaba, aduciendo que los daños causados por Garañón aquella tarde del 3 de noviembre de 1931, en su hacienda de Buenaventura, sobrepasaban el valor del burro, por lo que, sin más fallo que el de su propio albedrío se apoderó de Garañón.

El “Zorro” Mandujano, abogado de Choquehuayta, prestigioso leguleyo por sus célebres y estrafalarias defensas logró ampliar el caso para diez burros más.

-No se trata, señores magistrados, de uno, sino, de once burros si contamos a Garañón y a sus diez descendientes engendrados durante su cautiverio en la hacienda Buenaventura.

“El Zorro Mandujano nunca pierde y si pierde saca la mierda”, monologó recordando su participación en las gloriosas barras carolinas.

-Señores magistrados: Garañón, desde que se hospedó el 3 de noviembre de 1931 hasta el 25 de diciembre de 1933 en la hacienda Buenaventura consumió alimentos, junto con sus diez hijos, por la suma de mil soles. Si consideramos que cada burro cuesta 20 soles en cualquier feria, la diferencia determina quién paga a quién. Y está visto que Choquehuayta debe mil soles, que es el equivalente al precio de una casa. El precio de los once burros alcanza a 220 soles. Señor Juez, solo pido que se aplique la ley - terminó de argumentar el doctor Alzamora, defensor de Cayetano Buendía, exhibiendo una sonrisa victoriosa.



Garañón era un burro guapo y fogoso. Lo era realmente aquel fatídico 3 de noviembre de 1931. Con loable anticipación, don Celso Torero, director del colegio, y todo su personal, habían planificado las actividades de su fiesta patronal y, dentro de ellas, la famosa “entrada de qapos”. Aquel día los burros fueron concentrados en el patio central del colegio desde las catorce horas. A las dieciséis sería la procesión y la “entrada de qapos”. Los alumnos que los trajeron de sus estancias los miraban ahítos de emoción, imaginando cómo participarían sus animales. Son como cuarenta burros, dijo José, un profesor de gafas ahumadas que se apoyaba en la pileta aquella, tan famosa por ser el lugar preferido de los dirigentes que azuzaban las huelgas carolinas. El “Tarolas”, un muchacho alto y esmirriado que ocupaba el cargo de auxiliar de educación, apretando un cigarrillo con los dientes exclamó: Son exactamente cuarenta y siete burros. De más allá terció con agudeza el “Avo”, un profesor alto y narigón, ex alumno de otro colegio de idéntico nombre: No son 40 ni 47. Se trata de más de dos mil asnos si contamos a todos los que se debe contar. Nadie se enfadó Por el contrario, todos rieron a carcajadas, habida cuenta de que ellos mismos se sentían orgullosos de llamarse burros.

Las cuatro de la tarde: La procesión de San Carlos Borromeo ya debe comenzar. Una multitud enfervorizada circunda el patio de San Carlos: Damas, caballeros y alumnos pulcramente ataviados. De pronto, un burro joven y risueño, al compás de poderosos rebuznos y resoplidos empieza a alborotar la tarde: ¡Aaashi, aaaashi, aaaaashi! ¡Y arriba el burro!, sobre una, sobre dos y sobre varias burras con toda la dentadura blanca y brillante, carcajeándose con una mueca candorosa, blandiendo sus largas orejas y flagelándose con el rabo al ritmo de movimientos ondulantes. Las damas pegan el grito al cielo, lanzan jususmarías y se cubren la cara con las manos aunque con los dedos entreabiertos. ¡San Carlitos, castiga por piedad a este hijo de Satanás!

En aquellos momentos en que los estudiantes festejaban con silbidos e interjecciones la conducta indecorosa de Garañón llega don Celso Torero y con severos ademanes ordena que el personal de servicio y Enrique Bizarro, encargado de la “entrada de qapos” ponga coto a aquel espectáculo bochornoso. Pronto, el jumento es amarrado a un poste cercano a los portales del laboratorio. Y ahí está el burro sin saber por qué lo patean y lo azotan sin piedad. Con las orejas en alerta, absorto y con los ojos tristes, el pollino mira asustado su entorno; pestañea, a veces, para defenderse de las moscas y de los rayos solares.

Una vieja, la más cucufata del plantel, se le acerca y lo insulta: ¡Burro inmoral, cómo te odio! Garañón, sin saber qué hacer, levanta la cabeza y pestañea nuevamente como haciéndole guiños. ¡Hijo de Satanás!, vuelve a gritar la mujer.

Empieza la procesión. Están todas las autoridades del departamento. También se encuentran las cofradías en pleno: devotas de las congregaciones y penitentas de Santa Judi y Santa Periquita. Todos se encuentran con rostros adustos y en correcta formación de a tres. Hierve el parque Pino. Los alferados y las devotas cargan enormes cirios como troncos multicolores. Los precede un sacerdote joven y rubio, al parecer extranjero, pendulando el incensario y repitiendo letanías ininteligibles. Luego están las autoridades, los profesores, y más atrás, aproximadamente, dos mil estudiantes correctamente uniformados de beige comando. Adelante van los protagonistas de la “entrada de qapos”: cuarenta y siete burros vistosamente enjaezados y cargados de rajas de leña y charamusca que más tarde servirán para la fogata en el atrio del templo de San Juan.

La procesión avanza lentamente. Un airecillo frío de recogimiento satura el ambiente. Las ceras descomunales, los velos oscuros de las penitentas, el humo del incienso, el amén monótono de las autoridades, todo aquí otorga una especial circunspección al acto. Las andas relucientes de San Carlos Borromeo y de las santas que lo acompañan dejan atrás el Parque Pino y se aproximan a la Plaza de Armas. Al fondo puede verse la hermosa catedral y más allá el cerrito de Huaqsapata, desde donde Manco Cápac parece saludar al santo patrón. Cuando los burros y las autoridades desfilan frente al Palacio de Ayuntamiento la banda de músicos del ejército se esmera e interpreta: ¡Los peruanos pasan! La procesión atraviesa ahora el Palacio de Justicia. De pronto, otra vez el burro aquel: ¡Aaaaahi, aaaashi, aaashi! ¡Y arriba el burro!, sobre una, sobre dos y sobre varias burras que se derriten de vergüenza. “Secula, secolorum, amén” y otra vez aquella dentadura blanca y brillante; otra vez, como carcajeándose ingenuamente y cayéndosele la charamusca y los leños por la grupa. El escándalo provoca exclamaciones de horror entre las penitentas. El pueblo libera sus deseos reprimidos y festeja la ocurrencia a mandíbula batiente. Esta vez don Celso Torero logra acercarse a Enrique Bizarro y lo carajea disimuladamente conminándolo a llevarse el asno muy lejos. El burro es conducido de grado o fuerza desde la Plaza de Armas hasta el patio del colegio, donde se le amarra del poste con cadenas de acero para que no se escape otra vez.

Concluida la procesión empieza la fogata en el atrio de San Juan. Las autoridades departamentales y del colegio, así como los profesores celebran las vísperas de la fiesta patronal con algarabía indescriptible. Horas después, cuando Enrique y los encargados retornan al colegio a las ocho de la noche para devolver los burros a los alumnos, no encuentran a Garañón. Allí se complicó mi vida y la de aquel burro desgraciado, repetía Enrique Bizarro cada vez que lo interpelaban.

Y de veras, hasta ahora no se sabe exactamente qué palomilla pudo dar libertad a Garañón aquella noche del 3 de noviembre de 1931. Tampoco se sabe qué metiche de mierda – como solía decir Celso Torero cuando se acordaba del burro- pudo arrearlo hasta la parte alta de la ciudad, posibilitando que después invadiera la hacienda y se diera un banquete de rey y señor mío. Este es el inicio de la historia desventurada de Garañón que más tarde se complicó con su propia confiscación, con la numerosa prole que engendró, con el exorbitante “yerbaje” de que se le imputaba y con la prisión de su amo, don Alipio Choquehuayta.

Ahora, él se encuentra recluido en su celda y recuerda con rabia el día en que su hijo Germán Choquehuayta sacó al burro del corral y, también, aquel otro día en que lo reconoció en la hacienda de Buenaventurta después de dos años de considerarlo perdido. Carajo, mierda, solo mi “hechorcito” yo quería. Doctor Mandujano me jodió diciendo diez burros más ganaremos, a los hijos de Garañón recuperaremos. Al doctor Mandujano “Zorro” le dicen. Carajo, más bien, “Burro” Mandujano será, pues. Luego, venciendo la oscuridad de la celda alarga otra mirada cuadriculada a través de la ventanilla. El griterío y las gramputeadas de las celdas contiguas perturban su entendimiento. Al tropezar su mirada con la figura morbosa del alcaide, que mira a su vez a dos hermosas presidiarias, se le figura que luce dos orejas largas y peludas, dentadura blanca y una sonrisa lujuriosa como solía exhibir su querido Garañón cuando se ponía a corretear a las burras.



(*) Este cuento fue escrito entre 1983 y 1984, y publicado en mi libro de relatos de aquella época.

lunes, 25 de octubre de 2010

PESQUISAS INDIGENISTAS EN “POÉTICAS ANDINAS: PUNO” DE MAURO MAMANI

Escribe: Feliciano Padilla
“Poéticas Andinas: Puno” es una obra de crítica literaria de las diversas poéticas producidas a orillas del Lago Titikaka, desde Gamaliel Churata hasta Boris Espezúa, editada y publicada por el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Editorial Pájaro de Fuego y, Guaraguao, revista de cultura latinoamericana, Lima 2009.

El libro ofrece, de modo sistemático, diversas lecturas acerca de textos poéticos de poetas importantes de Puno como Gamaliel Churata, Alejandro Peralta, Inocencio Mamani, Dante Nava, Efraín Miranda, Carlos Oquendo de Amat, Omar Aramayo, José Luis Ayala, Gloria Mendoza y Boris Espezúa. Se divide el trabajo en dos partes: las poéticas indigenistas y las poéticas post indigenistas.

La crítica literaria en Puno tiene magníficos antecedentes en “Mi amigo Baudeleire”, “Shekespeare el único” y “Eguren” de Emilio Armaza. Citamos, también, las primeras tesis que se hicieron acerca de: Gamaliel Churata y otra de Carlos Oquendo de Amat, por parte de Omar Aramayo y, “La poesía indigenista en Puno” por Juan Luis Cáceres Monroy. Luego se han publicado solamente antologías, o sea, selección de poemas o narraciones con algún preámbulo aclaratorio como “El Cuento Puneño” de José Portugal Catacora, las antologías de Samuel Frisancho, así como las de José Luis Ayala y Omar Aramayo. Se debe citar, también a Walter Bedregal con “Aquí no falta nadie” y “Beso de Lluvia” en dos tomos de José Luis Velásquez Garambel. Luego tenemos antologías con inserción de comentarios como “Diez años de narrativa puneña” de Jorge Flórez- Áybar y “Antología Comentada de la literatura puneña” de Feliciano Padilla.

Merece una mención aparte “Violencia y Literatura en los Andes” de Jorge Flórez-Áybar que es un ensayo literario de carácter controversial donde prevalece el análisis ideológico-político desde una perspectiva sociológica, la misma que predomina sobre el análisis propiamente literario y sistemático. Seguramente hay más antologías que, por la premura del tiempo, estoy obviando involuntariamente. Luego de este preámbulo debe hacerse una aclaración necesaria. Hay mucha diferencia entre el comentario literario y la crítica literaria. En el comentario prevalecen lo intuitivo, el impresionismo y la combinación de algunos enfoques. En cambio, en la crítica literaria se privilegia el método y un paradigma riguroso.

Con esta aclaración, afirmamos que en relación a crítica literaria escrita por puneños sólo tenemos algunos ejemplos: lo de Dorian Espezúa que publicó “Entre lo real e imaginario: una lectura lacaniana del discurso indigenista” donde aparte de los textos de Churata y Efraín Miranda se incluye a José María Arguedas y, lo de Bladimiro Centeno Herrera, que escribió “El imaginario de la palabra” en el que se presentan varios análisis literarios de textos narrativos de López Albújar, Ciro Alegría, José María Arguedas, Edgardo Rivera, Feliciano Padilla y hasta textos de autores extranjeros como de Jorge Luis Borges. Pero, un libro de crítica literaria metodológico, orgánico y riguroso, referido específicamente a la literatura puneña, recién aparece con “POÉTICAS ANDINAS: PUNO” de Mauro Mamani. Por tal razón, pienso que se trata de un libro fundacional, y augura la aparición de más libros de esta naturaleza.

Yendo a la misma obra, me ocuparé primero de la representación del indio en la voz de Churata, Alejandro Peralta, Dante Nava y Efraín Miranda; vale decir, cómo estos poetas citados representaban al indio en su imaginario y cuál era la diferencia entre una y otra representación.

Para explicar cómo Churata representaba al indio, Mamani Macedo previamente analiza la elección del espacio que el poeta hace para enunciar. Y este escenario, naturalmente es Puno, el lago Titikaka, no sólo con su geografía sino con los hombres que lo habitan; los mismos que crean y recrean una gran cultura, cuyas tradiciones y diferentes expresiones reverencia y ama el escritor Gamaliel Churata. Mauro Mamani manifiesta que este señalamiento es importante para develar y reconocer la raíz de su discurso. Luego elige un poema churatiano, el Haylli “Alto ahí miuras, toriondos” (no es el título, pero el haylli comienza con ese verso) donde el indio es la encarnación de todas las desgracias. Por ejemplo, no tiene voz, por lo que, otros tienen que hablar por él; el dolor ha sido inventado para el indio debido a que desde la conquista hasta la república los españoles primero y; los hijos de los españoles, después, lo han mantenido en condiciones infrahumanas. Las mugres todas son indias porque el sistema de explotación los ha llevado a un estado de bestialización. Las cosas tienen más valor que los indios ya que “las cadenas piden indios”, o sea tienen deseos; el indio no desea ni pide nada porque se le ha negado la palabra. Finalmente, Churata exclama ¡Bestia te llaman indio!, a manera de un reactivo para que el indio tenga capacidad de rebelarse ante su lastimosa situación.

Para el caso de Alejandro Peralta, Mauro Mamani elige dos poemas: “El indio Antonio” y “El indio Paco”. El primer poema expresa la tragedia de ser un indio confinado a la desgracia y al sentimiento de soledad que, ahora, siente por la muerte de su esposa Francisca. Este dolor anula toda expresión hasta tal punto que Antonio debe verse obligado a utilizar el nivel no verbal del lenguaje, porque sus dientes muerden palabras, sus ojos se expresan a través de la candela. Antonio no habla, tritura palabras. Mauro Mamani analiza más versos y con ellos demuestra que el hablante lírico denuncia la situación del indio. En “El indio Paco” Mamani deduce de los versos que los indios pueden luchar autónomamente y salir de su estado de postración. En “El indio Paco”, éste dirige una rebelión, pero es derrotado y, al final, recluido en una prisión. Por eso, las condiciones desventuradas de su cautiverio le carcomen la carne, pero no su espíritu rebelde, aunque sus compañeros hayan muerto por miles o estén desaparecidos. En un verso se lee ¡AQUÍ ESTÁ EL INDIO PACO! como ejemplo de resistencia y lucha permanente.

Con el objeto de explicarnos la representación del indio en Dante Nava, previamente Mamani Macedo, justifica el hecho de que Nava no nació en Puno, como ya lo había hecho en el caso de Churata. Manifiesta que el verdadero lugar de nacimiento de un escritor es el espacio donde uno “abre los ojos”, es decir, el lugar donde es consciente de sí mismo y del mundo que lo rodea, donde aprende a soñar, sufrir y amar, y a amar principalmente, ese lugar desde donde el poeta enuncia. Enseguida elige el poema “Orgullo aymara”. Desde el título (dice el autor) el poeta anuncia que su poema será un canto a la raza aymara, caracterizada por la disciplina, la beligerancia y su gran fortaleza. Luego devela que los componentes que integran la estructura del poema son los elementos de la naturaleza. Así tenemos al sol, el relámpago y la tierra. Sobre la tierra se funde el sol por medio del relámpago para forjar al indio. La tierra es la madre y el sol el genitor. En la segunda parte del poema, el sol y el relámpago asociados al fuego, desaparecen y solo quedará la tierra criadora de los aymaras y de su cultura. El lago Titikaka será, en ese contexto, un templo para el cuerpo del “indio de 30 años de acero”. Los elementos “duros”, recios e inquebrantables de la naturaleza altiplánica auguran el advenimiento de un hombre especial para esas condiciones, por tanto, de un hombre superior distinto a los formados en otras latitudes y circunstancias.

Para analizar la representación del indio en Efraín Miranda el autor elige el poema “EE” del libro “Choza”, en el que se produce una fusión entre el yo poético y el universo andino. La tierra –sigue explicando Mauro Mamani- es una deidad material y la Madre Tierra su expresión espiritual. El producto de la deidad material es el indio. El poema se inicia con un rechazo a la nominación de indio que según el yo poético no le corresponde y, a lo largo del poema, exige que le llamen indio. No hace concesiones identitarias, debido a que el mestizaje, la hibridez, la transculturación no lo traduce exactamente, sino que lo traiciona y traiciona a su Madre Tierra con la que está fusionado, en tanto tiene su color y está enraizado desde miles de años atrás. El reclamo de Efraín Miranda implica asumir lo indígena como intocado, puro, como lo no contaminado y, le importa un bledo el hecho de que las culturas sean procesos sociales que cambian y se transforman de modo permanente. Por estas razones, Mamani Macedo sostiene que Efraín Miranda, en el poema “EE” plantea una defensa de la identidad, pero no de una identidad simple, común; sino, de la identidad radical, en tanto que los “no indios” están representados por los descendientes de Adan y Eva, por las ciudades y las calles, y por todas las instituciones creadas para sostener las nuevas formaciones socioeconómicas y culturales.

Un tema relacionado con la poética indigenista es el análisis que hace de la poesía de Inocencio Mamani. En este caso, Mauro Mamani ya no usa la perspectiva de la representación, sino, la teoría de la referencialidad antes que un estudio centrado en el lenguaje poético, en tanto y en cuanto Inocencio Mamani escribió fuera del canon (modernista y vanguardista) y quizá contra el canon, no solo porque escribió en quechua, sino por la esencialidad de sus textos. Por tal razón, agrega la pragmática a la teoría de la referencialidad con el fin de descubrir la intencionalidad de los textos como medio de comunicación. El autor, para lograr sus propósitos elige el poema “Lekechukunas” o “Los lekechos”. En este poema el autor ubica dos mundos: el mundo de las aves con atributos humanos y el mundo de los hombres. La estrategia es leer el mundo de los seres humanos desde el mundo de las aves. Así, los elementos de la naturaleza están al servicio de los mensajes morales y sociales. En realidad, Mauro Mamani infiere de los textos de Inocencio algunos rasgos básicos de la literatura oral altiplánica, como son: la unión hombre-naturaleza, la reproducción de los valores reverenciados por la comunidad y el carácter utilitario (didáctico) de su literatura, con excepción del anonimato, ya que Inocencio Mamani firma los textos en condición de autor.

La crítica nacional y extranjera ha realizado notables investigaciones acerca del Grupo Orqopata, el Boletín Titikaka, “El pez de oro”, la poesía de Alejandro Peralta y de todos y cada uno de los miembros del Grupo Orqopata. Sobre Inocencio Mamani conozco sólo algunos artículos sueltos o referencias. Creo que este autor quechua fue marginado inclusive al interior del mismo Grupo Orqopata porque ninguno de ellos comentó acerca de su obra, lo cual hubiera significado una “mirada desde adentro”. Ahora bien, una “mirada desde afuera”, en aquella época, sí hay, y debemos subrayar el hecho de que Mariátegui lo elogió en “Amauta” y “Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”.

Éste es un comentario a las poéticas indigenistas abordados por Mauro Mamani Macedo. Los estudios de las poéticas post indigenistas; particularmente, de Carlos Oquendo de Amat, Omar Aramayo, José Luis Ayala, Gloria Mendoza y de Boris Espezúa Salmón, serán comentados en otro artículo titulado “Pesquisas post indigenistas en Poéticas Andinas: Puno”. Entre tanto, concluyo recalcando la importancia de este libro en la historia de la literatura puneña y nuestro deseo de que se siga abordando las otras poéticas puneñas que faltan analizarse en futuras investigaciones.