viernes, 4 de noviembre de 2011

LA GLORIOSA ESTIRPE DE LOS OJOS COLORADOS (*)

Autor: Feliciano Padilla

Ingresé apurado a la habitación y fue suficiente que viera aquellas dos ascuas refulgentes en medio de la oscuridad para saber que algo malo le sucedía a Fernán Huamán de los Heros. Afuera, la luna iluminaba la noche y, a pesar de que sus rayos se filtraban a través del tul con que se cubría la pequeña ventana, no podía saber yo cuánta gente había en ella. Pronto, de la penumbra emergió una voz muy conocida. Era la de María Eugenia Zurita, profesora de literatura de la Universidad de Tucumán y muy amiga del poeta Huamán de los Heros.
 -  Gracias a Dios que llegaste, Guillermo. Fernán tiene una fiebre muy alta y a veces convulsiona que da miedo. He logrado comunicarme con el Dr. Simonini, amigo nuestro. Ojalá llegue a tiempo - exclamó María Eugenia, muy preocupada.
-  Hola, Guillermo. María exagera. No es nada riesgoso. Hay tiempo para todo. Hay un tiempo para llorar, un tiempo para reír, tiempo para pelear, tiempo para descansar; incluso, tiempo para morir. Pero, ese tiempo no ha llegado  aún para mí - alcanzó a decir, Fernán.
- Es necesario tomar todas las providencias del caso, dada tu salud tan delicada, querido Fernán- dije mirando otra vez aquellas dos ascuas que brillaban intermitentes y se diluían en la lobreguez de la habitación.

Fernán Huamán de los Heros es un poeta muy conocido en esta ciudad del norte argentino. Ha editado unos tres poemarios y colabora con artículos en algunas revistas. La crítica tucumana ha recibido con beneplácito sus creaciones y, si bien es cierto, no afirma que sea todo un genio de la poesía postmoderna, tampoco, nadie ha sido capaz de negar la calidad de su trabajo. Sin embargo, lo conocen solamente por sus escritos y por lo que se dice de él en la TV y en las emisoras.  En realidad, ninguno de sus aláteres ni simpatizantes lo han visto personalmente, nunca.  Somos un círculo cerrado de unas seis personas que lo conocemos, que sabemos de él y que lo visitamos periódicamente en su cuartucho de la calle Rivadavia 2217, más allá de Entre Ríos y Monteagudo.  Es improbable, por decir lo menos, que alguien podía haberlo visto alguna mañana o tarde, porque él no sale de día jamás. Sufre de una rara enfermedad a los ojos. Tiene los ojos escarlatas y no se trata sólo de la niña o la retina, sino de todo el globo ocular. Por eso, es imposible que pueda mirar el sol de frente, siquiera unos diez segundos. Se pintan más rojos que la misma sangre y se ponen a punto de estallar; lagrimea sin cesar días de días y una fiebre de 41º le achicharra sin piedad las entrañas, y convulsiona todo él como un pez fuera del agua.

Es muy penosa su situación. A causa de este mal es amigo de las penumbras, morador impenitente de las sombras. Camina de noche por las calles lóbregas y vive en esa habitación de Rivadavia sin usar jamás luz artificial. ¡Ah!,  y sobrevive de sus colaboraciones, de la venta de sus libros y de la ayuda que recibe de los pocos amigos que tiene, todos poetas tucumanos de gran corazón. Él es chileno, de la región de Tarapacá, y oscilará entre los 35 ó 40 años a lo más. Buen tipo, alto él, espigado y de larga cabellera. Sus contertulios constituimos algo así como la “brigada internacional” de la cultura. De las seis personas, Fernán es chileno, Juan Baquedano es potosino, María Zurita y Rodrigo Valdivia son tucumanos, yo soy peruano y Marcelo Díaz, “el Divino”, es paraguayo.

Mi cercanía a Fernán no está motivada sólo por una amistad incondicional, lo confieso, ahora. Hay un viejo y obsesivo enigma de por medio, en el que estamos comprometidos varios arqueólogos y estudiosos. A Fernán lo conocí gracias a María Zurita y mucho después de que los miembros del Círculo Histórico de Wisconsin habíamos logrado extraordinarios avances en este punto. Puede decirse, entonces, que ha sido el azar que ha puesto a Fernán en medio de mi camino, en el centro mismo de mis preocupaciones intelectuales. Quiero ser honesto. Por eso lo declaro fehacientemente y porque no deseo que más tarde surjan conjeturas ni habladurías de mal gusto. 

En febrero de 1995,  Donald Thompson, autor de “Additional stone Carving from the North High-Land of Perú”, me decía en su carta dos aserciones aparentemente irrefutables:  1) Que definitivamente el poblamiento de la América se hizo por el estrecho de Bering. 2) Que habrían arribado a América varias oleadas de inmigrantes de diferentes razas y culturas, entre ellas, aquellos cazadores de elefantes siberianos de fines del paleolítico superior que tienen grupos homogéneos en la región del lago Baikal. El doctor Donald Thompson me decía, además, que estas conclusiones se las debía a muchos arqueólogos amigos suyos y, principalmente, a  Bosch-Gimpera, el investigador de mayor credibilidad de los setentas.

El Círculo de Wisconsin logró reunirse en Zurich, a fines del otoño de 1999. Al término de tres días de agotadores, cuando no, acalorados debates,  logramos arribar  a algunos acuerdos salomónicos. El curso de la investigación, ahora con aplicación de la más alta tecnología creada por el hombre, nos conducía inexorablemente a asumir las posiciones del doctor Thompson. Se incorporaba al conjunto del discurso científico, dicho sea de paso, compartido por todos los miembros del Círculo Histórico de Wisconsin, una especificación aparentemente sin importancia. Este agregado arqueológico fue sostenido, sólo en la última tarde de las sesiones, por el doctor Osvaldo Meghin, un prehistoriador europeo que vivió aquí en la Argentina muchísimos años e hizo importantes investigaciones en las Pampas y en la Patagonia. 

La mayoría de los investigadores basaban sus estudios en huesos, armas y utensilios de la más diversa índole. La especificación del doctor Meghin, en cambio,  era producto de sus estudios de ADN en pieles humanas de fósiles y momias descubiertos en sus largas caminatas que unían con pasmosa facilidad extensas regiones de Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Esta nueva tesis sostenía que aquellos cazadores de elefantes siberianos de fines del paleolítico que habían arribado a la América tenían una rara e intensa coloración rojiza en los ojos, debido a la permanente exposición de aquéllos, desde sus ancestros, a la nieve perpetua de la Gran Siberia. Todos los miembros de la sociedad científica asumimos sin reticencias aquel inserto, porque era indiferente para nosotros que los ojos de aquellos lejanos cazadores de elefantes siberianos, fueran amarillos, violetas, pardos o rojos como candela.

Este singular aserto no tendría importancia para mí si no fuera porque hace poco, el licenciado Serapio Salinas, un historiador peruano que realizaba estudios en el Altiplano de su país y que se proclamaba y, no sin manifiesto orgullo, ser discípulo de Arthur Posnansky, me hiciera llegar por internet una larga nota respecto de los tiwanakus. Está demás decir que los estudios realizados por Salinas estaban fuera del entorno del Círculo Histórico de Wisconsin. La carta aquella fue escrita exactamente veinte nueve días antes de que un cáncer letífero, desgraciadamente para mí, se lo llevara de este mundo.

Puede resumirse el discurso de Salinas en los siguientes puntos. Primero: Que Tiwanaku fue cuna de la cultura americana con una antigüedad de 14,000 años y, además, centro de un imperio megalítico muy desarrollado, de vasta influencia en los territorios de Perú, Bolivia, Chile y Ecuador. Segundo, que la lengua general de los tiwanakotas era el pukina. Tercero, que la opulenta y pedante nobleza que gobernó por siglos el imperio de Tiwanaku no sólo era inteligente y atlética, sino que tenía los ojos escarlatas como una seña indeleble que se trasmitía de padres a hijos. Cuarto, que estos ojos colorados podían ver en la lobreguez de las noches y se configuraban como armas mortales contra los reinos enemigos y, que son los mismos ojos escarlatas que están como brasas ardientes en los ojos de los felinos que aparecen en algunos de sus ceramios como los  “vasos timbales” y sus famosos sahumerios.

Los miembros del Círculo Histórico de Wisconsin han refutado desde un principio con argumentos irrebatibles la tesis de que Tiwanaku fuese la cuna de la cultura americana y que, en honor a la verdad, esta hipótesis pertenece a Arthur Posnansky, el maestro y guía de Serapio Salinas. El resto de la información se considera original y ha ganado credibilidad entre los miembros de mi “Círculo” y en otros arqueólogos con quienes hemos compartido, vía Internet,  los aportes de este ilustre peruano.

Hay varios asuntos del poblamiento de América y del Tiwanaku que aún no están claros para mí.  No puedo concebir que aquel megaimperio haya desaparecido casi sin dejar rastros, como si hubiese sido  tragado por la tierra, de modo violento en el último minuto de su historia o, como si se hubiera transportado de emergencia, por alguna razón misteriosa a un remoto planeta del sistema solar. Con mucha franqueza, los restos arqueológicos que se ubican en el centro ceremonial de Tiwanaku, al sur del lago Titikaka, cerca de Akapana, Kalasasaya y Pumakunko; inclusive,  los frisos tallados de la Puerta del Sol, no me dicen mucho, no satisfacen mis expectativas. Y creo que sobre este punto, el Círculo Histórico de Wisconsin, tiene la obligación moral de continuar sus investigaciones. Y no dudo que lo hará. Sé que más temprano que tarde daremos al mundo una información más completa sobre el Tiwanaku y el poblamiento de América.

Para febrero del 2003 se ha  convocado la próxima reunión del Círculo Histórico de Wisconsin en los claustros de la Universidad de Harvard, en cuyo Museo de Antropología se encuentra todo el material excavado por Alfred Kidder en el centro ceremonial de Tiwanaku, allá por 1939 y 1940. Llevaré conmigo algunas conclusiones de trabajos dispersos que vengo haciendo en San Miguel de Tucumán, donde he anclado por algún tiempo y frecuento el cuartucho de Rivadavia 2217 de mi amigo Fernán.  No tengo ninguna duda de que una de mis tesis generará las mayores controversias de los últimos tiempos. Sospecho que mis asertos conmoverán el mundo y a la comunidad científica internacional tanto como un cataclismo. Tengo casi resuelto la cuestión del poblamiento de América y; en lo otro, en aquello que me ocupa en interminables horas de trabajo y que se ha constituido, prácticamente, en la razón de mi existencia, seguro estoy que usted ya intuye qué argüiré para demostrar que el bienamado poeta tarapaquense Fernán Huamán de los Heros es, a no dudarlo, el último descendiente de aquella gloriosa estirpe de los ojos colorados.
                                                                                    FIN

(*) Publicado en Los Andes, diario de Puno, el  04 -11 -2011

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